La voz del vecino

El transporte público de pasajeros en Río grande es uno de los temas más cuestionados por los usuario frecuentes. En esta oportunidad Pablo Martinengo vecino de la ciudad y habitué de las líneas de colectivos realiza un recorrido pero en esta oportunidad sobre la experiencia del servicio. 

Si bien las tres líneas  de la actual empresa, traen y llevan personas desde el centro hacia la periferia y viceversa, el medio no se ajusta a las necesidades de la población. No está de más recordar que el problema no radica en la actual concesionaria, ya que ésta es la tercera en solo dos años de intentos por mejorar la calidad del servicio en general.  Hablar de la calidad del servicio no se refiere exactamente a si están despintados o si en algún asiento se rompió el tapizado, cosas que por cierto no suceden y no parecen importar. Lo que si importa y mucho son los intervalos  de hasta una hora entre coche y coche.


Visto desde afuera el problema no parece ser tan grave, uno podría pensar que solo basta saber a qué hora pasa por la esquina más cercana y alistarse con la debida anticipación, pero  la frecuencia no es constante y allí se encuentra el punto álgido del conflicto. La empresa establece un cronograma que -estipulado por contrato- debería ser de unos doce minutos promedio entre unidades, pero esto solo sucede aleatoriamente.  Dicha situación, lleva a los usuarios a prepararse con una anticipación quizás de una hora y treinta minutos para tener medianamente la certeza de llegar a horario a sus destinos. En lo particular, me ha tocado la mala suerte de estar sin vehículo durante gran parte del invierno pasado y terminé internado en el hospital con neumonía. La razón principal fue esa espera cotidiana de media hora o más, expuesto a la helada del ocaso. Es fácil suponer que en media hora o más, cada parada suele acumular un número de personas que puede llegar a quince en horas pico. Multipliquemos esto por unas diez garitas y el resultado es; un coche en el que ya no entra ni un alfiler, y un montón de gente que lo ve pasar de largo.


 Es verdad que las unidades están en buen estado y en raras ocasiones sufren algún desperfecto, pero también es cierto que considerando que el servicio esta subsidiado, podrían realizar inversiones poco más que coyunturales para mejorar la calidad de la prestación. Dicho de otro modo, los vehículos son pocos para abastecer las necesidades de la población.


Para el usuario habitual, esperar en las garitas, es una mala experiencia, porque además de pasar frío durante la eterna espera, hay que pasar frío dentro las unidades que carecen de calefacción y pagando un boleto que termina saliendo definitivamente caro.


No voy a ponerme a contar otros problemas que nos afectan como usuarios, pero sería bueno recordar también que los puntos de recarga de la SUBE no son propiamente una constelación; son más bien pocos y dispersos, a veces no tienen crédito y encima  los choferes no están autorizados a cobrar el boleto.


Con todo, el transporte público de pasajeros se ha convertido en una problemática social que afecta como siempre a quienes menos recursos tienen, hombres y mujeres con salarios tan bajos que no alcanzan para pagar otros medios de transporte como taxi o remis. Resulta imprescindible que la dirigencia política tome cartas en el asunto y resuelva esta situación que lleva años afectando a los riograndenses. El pedido es entonces más simple de lo que parece: queremos un medio de transporte económico, popular, funcional y sobre todo colectivo.


 

 

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