Jugando al teléfono descompuesto

Nadie duda -al menos dentro del mundo periodístico- del poder que ejercen los medios de comunicación en la opinión pública. Cuando un tema se instala en la voz de pueblo es porque hubo antes, una voz que lo hizo masivo. De muestra sobra un botón, y con solo mencionar la repercusión del recital del Indio Solari, nos damos cuenta de que va la cosa.

Todos tenemos algo para decir, pero lamentablemente muchas de nuestras opiniones distan de una reflexión introspectiva. La mayoría de las veces son reproducciones vía piloto automático que, por el bombardeo informativo, nos atraviesan como balas. Lo vimos en TV, lo escuchamos en la radio, quizás leímos en un diario o nos lo dijo la tía de la vecina que lo escuchó de pasada en el supermercado.

En mi infancia, uno de los juegos populares y más divertidos, era el teléfono descompuesto. Cuando la noticia llegaba al final de la cadena, el último eslabón se convertía en el  vocero oficial. La carcajada era entonces monumental cuando se comprobaba como se había deformado la frase original. Es más, cuanto más se tergiversaba la noticia, más divertido era el juego.

Así fuimos creciendo, y transformamos un simple juego en realidad cotidiana. Naturalizamos, pero lejos de reírnos y aceptar el juego, agregamos gravedad al asunto. Cuanto más transmitimos la noticia, más serios nos pusimos, exageramos, inventamos y terminamos haciendo cortocircuito. Es que la línea hizo interferencias y para algunos la comunicación es una necesidad, para otros, un negocio.

Siguiendo la misma idea pasamos al siguiente nivel. Pero ahora el punto de partida es la película norteamericana “Primicia mortal”, en la que su protagonista encarna a un ladrón de metales –alambre, hierro y cobre- que luego los vende a una chatarrería. Lou Bloom es un hombre de unos treinta y cinco años, ambicioso y sin escrúpulos, las calles de Los ángeles viven tiroteos robos y accidentes durante las 24 horas y en uno de sus recorridos Bloom entabla conversación con unos reporteros independientes, y al ver que ganan mucho más que él, compra una cámara, un scanner de policía y empieza a filmar tragedias sangrientas para venderlas a los canales.

Su éxito no tarda en llegar y pronto contrata a un pasante, quien deberá trabajar gratis durante el primer mes de prueba. Al poco tiempo Lou Bloom conduce un lujoso vehículo deportivo y pasa los límites de la ética periodista. Modificando la escena del crimen escondiendo evidencias o rozando la invención de situaciones que casi no existieron y exagerando sobremanera las que sí. Sin embrago en algún momento le va mal y el material que intenta vender francamente no vale nada. Pero Bloom es tenaz y doblega la apuesta generando un encuentro entre policías y gánsteres en el cual, como frutilla del postre, demuestra todo su morbo haciendo ultimar a balazos a su propio asistente, mientras este lo filma en vez de asistirlo.

La película llega a su fin cuando Bloom cobra un dineral por ese material y logra conquistar a la conductora más amarillista y morbosa del canal televisivo “KWLA” de la ciudad de Los ángeles. No hay moralejas ni reflexiones explícitas, solo se ve la cercanía de los cuerpos con el fondo de pantalla del sangriento, hecho con el cual la conductora y el reportero gráfico alcanzan la cima, esa exacerbada cuota de poder que producen La pasión del hecho consumado, el éxito, la fama y el dinero.

Entonces bajamos un piso, y de ahí al subsuelo de la infancia. En tres diapositivas vemos, el recorrido que siguen las llamadas noticias. Como fuimos, y somos, capaces de transmitir información más o menos falsa, estaría bueno que reflexionemos sobre nuestros modos de la comunicación y seamos capaces de hacerlo a conciencia, tratando de acercarnos a un determinado tema para entrar en contacto con él, y poder elaborar un relato sustancial y fundamentado en base a la experiencia.


 

 

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