Colectivos: Un servicio que deja mucho que desear

Alrededor de las 18:45 de este miércoles, un colectivo de la línea “A” que circulaba con destino sur-norte, sufrió un desperfecto mecánico con todos los pasajeros a bordo. El chofer de la unidad intentó varias maniobras en un tablero eléctrico ubicado a unos centímetros sobre su cabeza.

Con una sensación térmica de un grado bajo cero, niebla húmeda congelándose sobre el asfalto, lo futuros pasajeros esperaban el “A” en la intersección de Kau y Orosqui, dónde comienza el barrio arraigo sur. Entre el temblor del frío y la humedad del aire, la única expectativa era ese chorrito de calor que sale al lado de la butaca del conductor.

Luego de veinte minutos llega el tan ansiado colectivo pero, la calefacción no funciona. Alguien sube e instantáneamente pregunta al chofer “¿Porque está tan frío?” y éste responde con una alegre tristeza “hace dos semanas que no anda. Si mañana no lo arreglan no salgo, tengo los pies helados, y agrega como quien le pregunta a la vida más que un pasajero  ¿Vos sabes lo que es estar ocho horas acá arriba?

Dueño de un optimismo increíble, el chofer va calentado el aire con su aliento mientras charla de cosas que lo hagan olvidar el mal trance. Es el único que está en movimiento haciendo cambios y doblando en cada esquina, el resto del pasaje –unas quince personas- están petrificadas en sus asientos empañando los vidrios con el vapor de sus exhalaciones. Alguien encierra ese precioso calor en el hueco de sus manos mientras el colectivo no ha dejado de avanzar.

Ya es pan comido, no falta más que cruzar el puente y el pasajero estará de un momento a otro llegando a destino. El chofer no ha dejado de pararse cada dos cuadras para frotar su mano contra el parabrisas empañado y ampliar la ya de por sí escasa visibilidad. Entonces pasa o, mejor dicho, deja de pasar. El colectivo se detiene súbitamente y chofer realiza maniobras mecánicas sin resultado mientras les cuenta a los pasajeros que anteayer le hizo lo mismo y, que la semana pasada, se rompió el embrague y a las dos cuadras se paró el motor. “Dos horas muerto de frío me comí esperando el auxilio”.

Los pasajeros son los protagonistas del cine mudo que, como un reality show, transcurre a bordo. Cuando ya no se espera nada más, el chofer se queda sin crédito y le pide al pasajero de la primera fila el celular para pedir ayuda. “Ya está en camino el otro colectivo” anuncia entusiasmado y se para frotándose las manos mientras anima la noche con comentarios para distraer los animos. Llega el relevo y el chofer gestiona el trasbordo, mientras pide disculpas cada tres pasajeros. Insulta y sonríe, sabe que si mañana no sube a ese colectivo lo pueden echar a la calle sin pestañear. Cruel destino de pobres laburantes con un pasaje de ida ya vencido.


 

 

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