Del campo a la lana

Si de personas conocidas y representativas en la ciudad de Rio Grande hablamos, Virginia Saldivia es antigua pobladora y ha dedicado gran parte de su vida a su pasión que da a conocer sin egoísmo. El campo y el tejido artesanal son los pilares de la cultura de trabajo que interpeló su vida.

La familia Saldivia se dedicó fuertemente al trabajo en el campo, de allí los legados que se traspasan y en esta oportunidad Virginia nos narra aquellos inicios en su trayecto laboral. “Yo comencé entre los 17, 18 trabajando en el campo, la estancia Dos Hermanos de Antonio Lynch, cuando llegué ahí con mi papá yo tenía siete años, y cuando me fui tenía 22. Fue todo una vida junto a ellos y cuando uno se acuerda siente el hecho de no poder tenerlos cerca, Don Lynch falleció en año 95 y a los siete meses falleció mi papá quien hacia toda la parte operativa del trabajo”.

Por aquellos años “Yo empecé reemplazando a una persona que no podía trabajar,tuve que reemplazar a la cocinera, después ella decide renunciar y ahí me quedé, el dueño era una persona a la cual estimaba mucho y empecé un mes, después dos y me quedé durante seis años. Luego se enfermó uno de mis hijos y me tuve que venir a la ciudad y tuve que renunciar. A partir de ahí empecé a trabajar con mi viejo, 9 años, el puso un negocio y además delegaba las tareas en el campo, entre esos hombres estaba mi esposo, quedó reemplazando un poco lo que él hacia”

Sobre la ciudad cuando ella se vuelve “En ese ínterin que yo trabajaba en el campo, pudimos comprar el terreno donde actualmente está mi casa, sobre 25 de mayo, entre Mosconi y Almafuerte. A partir de esos seis años que trabaje en el campo pude hacer mi casa juntando peso a peso, esto era todo un baldío, terminamos la casa y la edificamos contemplando un negocio que está alquilado, trabajando hoy en día, en aquel momento era muy sacrificado y no era redituable, por eso busque progresar de otra manera, empecé a estudiar terminé el secundario y después me recibo de Técnica en Comunicación Social”.

Virginia tiene una pasión que lleva consigo desde muy pequeña y es el amor por el tejido artesanal. Sobre el tema nos comenta “Como veras yo me crié en el campo y ya la oveja es como de mi familia (ríe), desde chica ,me acuerdo en época de esquila nos levantábamos a las 7 de la mañana para instalarnos en el galpón, porque los esquiladores pasaban siete días por la estancia para hacer su trabajo y a nosotros nos fascinaba ir a ver, lo que hoy puede ser trabajo infantil en algunos casos para nosotros era por de más gratificante, los caballos, rodear a los animales, para los chicos era divertido, porque en épocas de verano vivíamos en el campo y en invierno íbamos a la escuela” .

“Sobre la pasión la despertó mi abuela, mi abuela materna Rosa, recuerdo que hacia unas alfombra hermosas y a ojo, la verdad que era muy inteligente, mirando un dibujo cualquiera ella empezaba a trabajar, era el telar y yo la veía como dibujaba y podría tardar un mes haciendo la alfombra y a mí me gustaba mucho mirarla. Y con el tiempo me fue llamando la atención, y cuando me fui a vivir al campo una mujer entre tantos hombres, era mi cable a tierra”

Al ser consultada sobre las anécdotas de los hijos comenta que tienen lindos recuerdos, el haber compartido mucho con su abuelo que solía llevarlo a que lo ayudaran, “Tal así que a Sergio todavía no lo puedo despegar”. Él es quien trabaja en el ámbito en la actualidad.

En busca de progesar laboralmente Virginia logra ingresar al sistema en el año 2000 con una propuesta de los talleres Kayen, había que capacitar un grupo de los talleres de menores con problemas y tratar de incentivarlos, “El primer proyecto no dio mucho resultado pero después venia la madre con la hija y ahí sí, fueron prendiéndose un poco más”.

“En el año 2007, sale el proyecto Tierra Lana, había que capacitar un grupo de mujeres y a partir de ahí arranque con dos horas y así se me fueron dando unas más al año siguiente, al otro y así fui sumando, hoy tengo doce horas y voy dos veces por semana. Algunas lo ven como herramienta de trabajo y otras como hobbies y lo importante es que lo siguen haciendo, todas esas cosas son gratificantes”.

Sobre las motivaciones que la impulsan diariamente, “Por un lado es un cable a tierra, mi trabajo lo hago con placer, pocas personas tienen la dicha de hacer lo que les gusta y el hecho de estar ahí me ayuda también a mí en lo personal a hacerme más fuerte”.

En la actualidad Virginia va haciendo un trabajo de hormigas respecto a descubrir tintes naturales de la zona, va armando su libro de colores, con los cuales poder otorgarles color a la lana, es una fiel seguidora de ese trabajo. Ella comenta que nace de un trabajo que también realizaba su abuela quien venía desde Chiloe y donde la vegetación le permitía jugar un poco más, ya que tienen toda la zona cordillerana, con esa gama de colores. “Acá la gama es muy terrosa, la gama del amarillo, del marrón del verde, estamos tratando de insertar otros colores, trabajamos mucho en el taller tinte, investigamos mucho entre todas con el aporte en conjunto”.

Si hay algo que la caracteriza en su andar y la distingue es la constancia, la perseverancia, atravesada por su historia personal, Río Grande, una ciudad que vio crecer desde toda la vida. Una mujer que como tantas otras se arremangan día a día con la intención de superarse, y de contribuir al crecimiento de la ciudad desde su lugar.

 


 

 

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